Colaborar o morir (de powerpointismo)

En el mundo de la cooperación al desarrollo, la palabra colaboración se usa con la misma alegría que “sostenibilidad” o “resiliencia”: suena bien, queda estupenda en los informes, y sirve para que todos asientan en los talleres. El problema es que, a la hora de la verdad, la verdad es que colaborar parece doler más que un zapato barato en una boda.

Vamos por partes, porque aquí hay chicha: (a) cómo mejorar la colaboración interna y externa, (b) por qué casi nunca ocurre y parece condenada a ser unicornio, y (c) por qué, a pesar de todo, necesitamos seguir intentándolo, sobre todo en tiempos de discursos broncos, muros mentales y caudillos con peluquín.

(a) Cómo mejorar la colaboración: o la utopía posible

Colaborar dentro de una organización debería ser más fácil que pedir una pizza. Y, sin embargo, entre equipos, sedes y subsectores, se parece más a organizar un banquete medieval: cada cual defiende su mesa, su jamón y su Excel titulado “FINAL_def_última_buena2”.

Lo que funciona, dicen los que han probado, es lo aburridamente sencillo:

  • Metas compartidas. Que el equipo de género y el de agua no corran carreras separadas, sino que midan éxito con el mismo termómetro.
  • Datos abiertos y vivos. Nada de informes que se mandan por mail y se olvidan. Plataformas comunes, tableros transparentes, donde se vea qué va y qué se hunde.
  • Incentivos colectivos. Si el reconocimiento y los recursos se reparten por impacto conjunto, la gente empieza a mirarse a la cara en lugar de competir como gallos de pelea.
  • Comunidades de práctica reales. No grupos de WhatsApp que si no son para «cervezas los jueves», mueren tras la primera foto, sino espacios donde se resuelven problemas insolubles en solitario.

Y entre organizaciones —ONGD, bilaterales, multilaterales, agencias— lo mismo: dejar de jugar al “yo más” y reconocer que los problemas globales (cambio climático, trata, desigualdad obscena) no caben en un solo presupuesto ni en una sola narrativa. El liderazgo aquí no es el de “jefazo que manda”, sino el de facilitador que escucha, protege el error y obliga a que todos se sienten en la misma mesa.

(b) Por qué la colaboración no pasa (y por qué parece ciencia ficción)

La cooperación internacional es como una telenovela interminable: misma trama, distintos actores, muchas lágrimas y poca boda. ¿Por qué?

  1. Competencia por fondos. Aquí no hay mercado, pero sí concursos de belleza ante donantes. Resultado: se protege la marca más que al impacto.
  2. Ego con casco. Todos predican la colaboración, pero nadie quiere ceder terreno, logo o liderazgo.
  3. Asimetrías de poder. Las grandes agencias hablan de “socios locales” con ternura colonial, mientras deciden sin preguntar.
  4. La religión de la atribución. Si no puedo poner mi sello en la foto final, no me interesa.

Y luego están las miserias operacionales: jerarquías eternas, agendas incompatibles, equipos que nunca se cruzan, sedes en Ginebra que no entienden lo que pasa en Goma. Todo esto hace que la colaboración sea ese unicornio que todo el mundo describe, pero nadie ha visto.

En el fondo, colaborar supone reconocer que necesitamos al otro. Y eso, en un mundo obsesionado con métricas individuales, es tan difícil como convencer a un adolescente de que deje el móvil.

(c) Razones para la esperanza (y para no pegarse un tiro en la reunión de coordinación)

A pesar de todo, hay chispazos que nos salvan. Cuando aparece un liderazgo que reparte justicia (no premios de consolación), practica la escucha activa y garantiza que la gente pueda probar sin miedo a ser crucificada, la colaboración florece.

Ejemplo: mesas intersectoriales donde se cruzan salud, educación y protección para abordar temas “malditos”, como violencia sexual en contextos de guerra. Allí, aunque la reunión arranque con bostezos, poco a poco se crean protocolos conjuntos que evitan que cada agencia repita la rueda.

La esperanza está en que, en tiempos de discursos cerrados y liderazgos autoritarios, colaborar se convierte en acto político. Es resistir al cinismo, obligarse a mirar más allá del ombligo y, sobre todo, recordar que el cambio real no lo logra una sola sigla ni un único logo.

Y aquí entra el humor como salvavidas: si no te ríes de la parafernalia de la cooperación, del power-pointismo crónico y del correo “reply all” de 78 destinatarios, terminas en el diván o escribiendo memorias amargas. Como decía Virginie Despentes, el punk es también método de supervivencia. Y como diría Paulo Freire, la mejor vacuna contra la solemnidad es la risa.

Conclusión: menos folclore, más mecánica

Colaborar no es épica, es mecánica: objetivos compartidos, incentivos colectivos, datos abiertos, liderazgo cuidador y problemas demasiado grandes para enfrentarlos solos. Lo demás es ruido, liturgia, performance de taller con post-its.

Así que la próxima vez que alguien diga “tenemos que colaborar”, que venga con plan de 90 días, tablero común y la promesa de que la próxima reunión tendrá café decente. Porque, seamos sinceros, sin café no hay colaboración que aguante.

Referencias

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