El arte o la industria de la evaluación


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La evaluación ha sido y, en algunos rincones todavía es, un arte confeccionado por artesan@s, a veces considerados charlatanes, voceras, parlanchines, vende pociones, lenguaraces, bocazas pero, otras veces, sin embargo, apreciad@s y honrad@s como magos, brujos, hechiceros, prestidigitadores, nigromantes, médiums (objetivos evaluativos ocultos), faquires (sí también porque tragan con todo), taumaturgos, prestidigitadores (más de veinte preguntas), ilusionistas (especialmente los que dan alguna recomendación que ya no se sepa)

Y como con l@s mag@s, l@s había, y los hay, buen@s y no tan buen@s. Para bien y para mal este arte arcano poco a poco se va abriendo y extendiendo: es bueno que cada vez se evalúa más (aunque sea en número). A paso de “enefante” (palabra que viene de “mitad elefante mitad enano o enana”) se está asentando una carrera profesional. Se está creando una retórica de la evaluación, de lo que hay que hacer “porque está bien” (sí, todavía estamos explicando por qué hay que evaluar, en lugar de evaluar). Pero aunque falte todavía andar casi todo lo hablado (walk the talk), lo positivo es que estamos en camino. Y me pregunto si al mismo tiempo también corre el riesgo de transformarse en un proceso industrial, como el famoso marco lógico de corta y pega que tantos escribimos para los donantes en la soledad (solitario), en lugar de como procesos de aprendizaje y construcción participativa. El problema no son las herramientas, sino el uso que hacemos de ellas, su verdadero propósito. Y al cabo, como todo lo que se extiende y se populariza, se convierte en un negocio (más)…y con los negocios todo es posible (para bien y para mal)

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