Lo que sí puede cambiar en la ONU (y no depende del veto)


Hoy dentro de la seria Repensar la ayuda, seguimos repensando Naciones Unidas, pero esta vez «más allá del Consejo de Seguridad». En el post anterior analizábamos por qué reformar el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es tan difícil: un diseño de 1945, vetos cruzados, y una arquitectura geopolítica que no se mueve (Luck, 2010; Malone, 2004).

Pero hay otra cara del debate. Mientras el Consejo está casi congelado, el resto de la ONU sí puede transformarse, y de hecho ya lo está haciendo. La literatura reciente sobre gobernanza global (Weiss & Daws, 2018) coincide en que las reformas más efectivas no requieren tocar la Carta, sino mejorar cómo funciona la ONU por dentro.

Por eso hoy seguimos la conversación con una pregunta más útil: ¿Qué reformas realistas pueden mejorar ya la eficacia de la ONU?

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La Reforma del Consejo de Seguridad de la ONU


Introducción

En torno a la serie Repensar la ayuda, llegamos a la reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU), que constituye uno de los debates más prolongados y políticamente sensibles del multilateralismo. Aunque la ONU afronta una transformación institucional más amplia bajo la iniciativa UN80, impulsada por el Secretario General António Guterres, la atención política y académica sigue fija en el Consejo de Seguridad, verdadero núcleo del poder decisorio en materia de paz y seguridad internacionales.

La composición del Consejo refleja la estructura geopolítica de 1945. Ocho décadas más tarde, esta configuración provoca tensiones crecientes de legitimidad, representatividad y eficacia. Crisis como Siria, Ucrania, Myanmar o Gaza han expuesto la parálisis causada por el uso recurrente del veto por parte de los miembros permanentes. Bajo este telón de fondo, han emergido cinco alternativas de reforma que articulan distintas visiones del orden internacional: el G4, la coalición Uniting for Consensus (UfC), la posición africana (Consenso de Ezulwini), el Grupo L.69, y la propuesta de Liechtenstein.

Este análisis examina el contexto del debate, los objetivos de la reforma, la lógica y los FODA de cada alternativa, el estado actual de las negociaciones y las perspectivas de futuro, integrando ejemplos históricos, marcos teóricos y material textual de los propios actores.

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Repensar la ayuda: de la liminalidad cansada a la metamorfosis con menos recursos


La cooperación internacional atraviesa un punto de inflexión histórico. No es simplemente que falten recursos; se resquebraja el modelo mismo de relación que ha sostenido la arquitectura de la ayuda durante décadas. La serie Repensar la ayuda ha mostrado cómo esta crisis es simultáneamente estructural, cultural, subjetiva y tecnológica, y cómo el sector se encuentra en un umbral en el que nada puede seguir igual. Este artículo sintetiza sus principales aportes para proponer un marco nuevo: una cooperación sin centro, distribuida, cuidadosa y plural.

1. Un diagnóstico ineludible: colapso del centro

La crisis financiera de la cooperación no es solo un asunto presupuestario. Es un síntoma de una crisis profunda de legitimidad y propósito. (Rodríguez-Ariza 2025d; 2025c)

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La cooperación cansada y el deseo de mundo: hacia una política del cuidado lúcido


Seguimos con nuestra serie «Repensar la ayuda»

El mundo de la cooperación internacional atraviesa una crisis silenciosa.

No solo de recursos o legitimidad, sino de sentido.

En su intento por salvar al mundo, corre el riesgo de perder la capacidad de sentirlo.

Byung-Chul Han, ese observador fino de los malestares contemporáneos, diagnostica que vivimos en una “sociedad del rendimiento” donde el sujeto “se explota a sí mismo creyendo realizarse” (La sociedad del cansancio, 2010).

El cooperante de hoy es su ejemplo perfecto: motivado, comprometido, exhausto.

Su ética es impecable, su cuerpo está roto.

Pero el análisis de Han ofrece capas más profundas que aún no hemos explorado en la reflexión sobre cooperación: la pérdida de la negatividad, la obesidad comunicativa y el infierno de lo igual.

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Cooperación Internacional en Crisis: Desafíos y Caminos hacia la Diversificación Profesional


Este post esta dentro de la serie «Repensar la ayuda»

El mundo de la cooperación internacional está atravesando una de sus mayores crisis desde su consolidación en la segunda mitad del siglo XX. La convergencia entre recortes drásticos en el financiamiento, reestructuraciones internas en las agencias internacionales y una creciente desconfianza hacia los organismos multilaterales ha producido un efecto dominó con implicaciones devastadoras para el sector. Este artículo analiza las causas y consecuencias de esta crisis en 2025, su impacto en el empleo dentro de ONGD y organismos de Naciones Unidas, el sesgo de género que ha aflorado, y plantea caminos posibles para quienes se ven obligados a reinventar su carrera.

1. Una tormenta perfecta: los recortes más agresivos en décadas

En 2025, la cooperación internacional ha sufrido un recorte sin precedentes. Estados Unidos anunció una reducción del 83,7% en su presupuesto para programas internacionales para 2026, pasando de 58.700 millones de dólares en 2025 a apenas 9.600 millones (El País, 2025a). Esto incluye no solo la práctica disolución de USAID, sino también la amenaza latente de cesar todas sus contribuciones a agencias del sistema de Naciones Unidas.

La cooperación bilateral europea también ha sufrido recortes significativos: Francia y Alemania han disminuido su AOD en un 12% y 18% respectivamente, y España en un 25%, priorizando la ayuda vinculada a intereses geopolíticos (Coordinadora ONGD, 2025; Le Monde, 2025). En Reino Unido, el gobierno ha rebajado su compromiso del 0,7% al 0,3% del ingreso nacional bruto destinado a AOD, desviando fondos hacia el gasto militar (The Guardian, 2025).

Estas decisiones han provocado un colapso en la arquitectura del desarrollo global, dejando sin continuidad a proyectos esenciales en salud, educación, igualdad de género y cambio climático.

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Liminalidad: Oportunidad para el Cambio Organizacional


Introducción

Durante los primeros meses de 2025, como otras organizaciones, UNICEF atraviesa un período de transición institucional que ha dado lugar a una serie de reflexiones profundas sobre el cambio y la transformación organizacional. En este contexto, Bo Viktor Nylund, Director de UNICEF Innocenti, junto a Shai Naides Chief of Youth Engagement and Strategy, ambos del UNICEF Innocenti Global Office of Research and Foresight, publicaron cinco artículos que ofrecen un marco conceptual y operativo sobre cómo gestionar lo que denominan «liminalidad» (Nylund, 2025a-e; Nylund & Naides, 2025).

Este análisis se basa en el contenido de esos artículos basados en UNICEF, pero aplicable a cualquier organización que esté atravesando procesos de incertidumbre, cambio estructural o redefinición estratégica. Se complementa con otras fuentes y enfoques contemporáneos sobre cambio institucional, resiliencia organizacional y liderazgo adaptativo.

¿Qué es la liminalidad?

El concepto de liminalidad proviene de la antropología, introducido por Arnold van Gennep (1909) y desarrollado por Victor Turner (1967), para describir los rituales de paso donde una persona transita entre dos estados sociales. En contextos organizacionales, se refiere a aquellos momentos de transición donde una institución ha dejado atrás una forma estable sin haber consolidado aún la nueva (Garsten, 1999; Czarniawska & Mazza, 2003).

Nylund (2025a) recupera este concepto para abordar el cambio institucional como una fase fértil, aunque incierta, donde se redefinen roles, significados y estructuras. Esta visión coincide con Ibarra & Obodaru (2016), quienes destacan la dimensión identitaria y emocional de la liminalidad en contextos laborales. El enfoque permite entender el cambio más allá de lo técnico y abrazar lo simbólico, emocional y político de estos procesos.

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Evaluación y cooperación internacional en tiempos de restricciones: recuperar el rol estratégico de las funciones de evidencia


La cooperación internacional para el desarrollo atraviesa un periodo de transformaciones profundas. Factores como el giro hacia el aislacionismo en la política exterior estadounidense durante la administración Trump, los efectos socioeconómicos de la pandemia de COVID-19, la prolongada crisis en Ucrania y la reciente escalada de violencia en Gaza han provocado una contracción significativa de los flujos de financiamiento. Esta nueva configuración afecta transversalmente a agencias multilaterales, organizaciones no gubernamentales y actores de cooperación bilateral, obligándolos a repensar sus capacidades institucionales.

En este escenario, muchas organizaciones han respondido con estrategias de reducción de costes —incluyendo recortes de personal y disminución de actividades programáticas— para mantener su viabilidad operativa. Aunque comprensibles desde una lógica de eficiencia, estas medidas pueden derivar en un efecto colateral preocupante: la marginalización de la eficacia como criterio estratégico central y el debilitamiento de las funciones de evidencia.

Estas funciones —que incluyen evaluación, monitoreo, análisis de desempeño, estudios temáticos, gestión del conocimiento, investigación aplicada, sistemas de datos y estructuras de aprendizaje organizacional— son esenciales para generar, interpretar y utilizar información útil en la toma de decisiones. Según Newman, Fisher y Shaxson (2012), el fortalecimiento de estas funciones no puede limitarse a una mejora técnica, sino que requiere transformaciones estructurales en capacidades, incentivos, liderazgo y cultura organizativa.

Un aspecto a tener en cuenta es que en muchas organizaciones, la medición del desempeño – a nivel individual, de equipos y organizacional- no es fiable (o, incluso, como se sabe que no es fiable, no se usa o no se puede utilizar para la toma de decisiones). Como indica Green (2024), la proliferación de métricas centradas en productos (outputs) desconectados del impacto real ha debilitado el potencial de estas funciones para orientar el cambio. Este diagnóstico se alinea con la crítica de Natsios (2010) a la “contraburocracia”: un sistema que premia la cuantificación superficial y penaliza la comprensión contextual.

Durante los años de expansión presupuestaria post-pandemia, las funciones de evidencia tuvieron una oportunidad histórica para consolidarse como eje de aprendizaje y adaptación estratégica. Sin embargo, múltiples estudios (Green, 2024; Center for Global Development, 2023) revelan que, en muchos casos, estas funciones no lograron identificar, poner sobre la mesa o romper los cuellos de botella sistémicos ni ejercer una voz crítica frente a las prioridades impuestas externamente.

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¿Cooperar de otra manera?


El fin del relato del “salvador blanco”

Continuamos en el post con la serie de posts sobre «repensar la cooperacion internacional«. El sistema de cooperación internacional se sostiene sobre una narrativa que ya no convence: la del Norte que rescata al Sur. Una arquitectura a menudo vertical, colonial, funcional para justificar fondos, pero insuficiente para transformar realidades. Algunos, como William Easterly, afirman incluso que “la ayuda occidental ha hecho más daño que bien cuando se impone desde fuera” (The White Man’s Burden, 2006). Y sin embargo, esa imposición continúa. Bajo nuevos ropajes: innovación, datos, IA.

Pero la escena puede tener retos adicionales. Desde Uganda, Michael Gumisiriza denuncia que la ayuda humanitaria se ha convertido en un “teatro cuidadosamente montado” en el que los refugiados repiten discursos aprendidos para garantizar la continuidad de proyectos que son más negocio que misión (The New Humanitarian, 2025).

Evaluar no basta: hay que transformar

Como evaluador, sé que la evaluación puede contribuir a mejorar los programas. Pero también puede volverse cómplice de un sistema que solo busca legitimarse. Kerry Abbott lo resume con claridad: demasiada evaluación sirve para justificar lo marginalmente efectivo, no para rediseñar desde la raíz.

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Urgencia para repensar la cooperación internacional


La cooperación internacional está atravesando uno de sus momentos más críticos. En medio de recortes masivos por parte de Estados Unidos y países europeos, el auge del populismo y el desencanto de las sociedades donantes, el sistema tradicional de ayuda está en jaque. Este contexto de colapso, sin embargo, no es solo una crisis: es también una oportunidad para preguntarnos si el modelo sobre el que se ha sostenido la cooperación desde hace décadas sigue teniendo sentido.

Durante mucho tiempo, la cooperación se basó en una arquitectura vertical, nacida del consenso moral de la posguerra: un Norte rico y organizado ayuda a un Sur pobre y desestructurado. Bajo esta lógica, se diseñaron programas, se enviaron fondos, se desplegaron equipos y se construyó todo un ecosistema de ONG, agencias multilaterales y expertos. Pero ese mundo ha cambiado. Y el modelo, también.

Es en este escenario, y con la urgencia del contexto actual, donde cobran especial relevancia cuatro textos fundamentales publicados recientemente, que invitan a revisar a fondo los pilares de la cooperación y su rol en el siglo XXI.

El primero de ellos es “Adiós al ‘salvador’ blanco: descolonizar la ayuda al desarrollo en tiempos de recortes y populismos”, una investigación coral publicada en El País por Ana Carbajosa, Asier Hernando y Gonzalo Fanjul (abril de 2025). Desde diferentes rincones del Sur Global —Sudán del Sur, Ruanda, Myanmar o Guatemala— los autores recogen testimonios de organizaciones locales, analistas y activistas que, lejos de quedarse paralizados por la retirada de fondos, están construyendo alternativas más autónomas. El artículo plantea con claridad que el sistema no solo pierde recursos, sino también legitimidad, y que el cambio ya ha comenzado: una transformación hacia modelos más locales, equitativos y menos dependientes de una narrativa impuesta desde el Norte.

El segundo artículo, “Yo fui un salvador blanco”, también publicado en El País y firmado por Asier Hernando (abril de 2025), es una pieza personal y honesta que refleja una evolución individual con enorme carga simbólica. Hernando narra su paso por el sistema de cooperación desde la ingenuidad inicial hasta la crítica consciente. Su relato desnuda las lógicas jerárquicas, racistas y eurocéntricas que aún atraviesan muchas prácticas de ayuda humanitaria. Denuncia cómo las ONG del Norte siguen monopolizando fondos, poder y decisiones, mientras relegan a las organizaciones del Sur a papeles secundarios. La descolonización, según Hernando, implica una redistribución real de recursos, un cambio de mentalidad y, sobre todo, una redefinición del papel del Norte en este ecosistema.

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