Cuando hablamos de Desarrollo de Capacidades Nacionales de Evaluación (Dentro de nuesta serie NECD), los debates y experiencias acumuladas nos dejan un mosaico complejo pero revelador.
🔎 ¿Qué patrones se repiten?
Formar ≠ transformar. La capacitación aislada no asegura cambio si no se integra en instituciones y sistemas.
Transferencia frágil. El conocimiento se pierde cuando no hay memoria institucional ni cultura de uso.
Evaluación atravesada por el poder. Ningún proceso es neutro: se disputan legitimidades, narrativas e intereses.
Como venimos viendo en nuestra serie NECD, la evaluación ya no es solo un ejercicio técnico. Es aprendizaje, poder, participación, innovación y sostenibilidad. Pero… ¿cómo diseñar una estrategia de desarrollo de capacidades en evaluación que realmente transforme?
Tras revisar literatura clave emergen 7 ejes comunes que atraviesan las experiencias más relevantes:
🔑 Los 7 ejes de la capacidad evaluativa
Aprendizaje y adaptación → La evaluación como práctica viva que retroalimenta y transforma (Rosenberg & Donaldson, 2020).
Participación e inclusión → “¿Quién cuenta la realidad?” Solo con múltiples voces hay legitimidad (Estrella & Gaventa, 1998; Lipmanowicz & McCandless, 2013).
Institucionalización → No basta capacitar individuos: se necesitan sistemas estables y marcos legales (Mackay, 2007; Goldman et al., 2018).
Uso de la evidencia → De producir informes a incidir en decisiones (Goldman & Pabari, 2020; Holvoet & Renard, 2007).
Política y poder → La evaluación siempre es política: se negocia legitimidad, intereses y narrativas (Gornitzka & Stensaker, 2014; Picciotto, 2011).
Metodologías flexibles → Se requieren enfoques adaptativos, transformadores y decoloniales (Morgan, 2008; Patton, 2010).
Sostenibilidad y transferencia → Menos dependencia externa, más memoria institucional y datos abiertos (Segone, 2009; Rosenberg & Donaldson, 2020).
Año tras año, región tras región, se multiplican capacitaciones, talleres y cursos de evaluación. Dentro de nuestra serie NECD, sin embargo, la pregunta incómoda persiste:
👉 ¿Realmente están cambiando los sistemas de evaluación pública, o seguimos atrapados en un modelo de “formar por formar” que no transforma estructuras ni culturas institucionales?
En nuestras realidades, donde la gobernanza se entrelaza con profundas desigualdades, los enfoques tradicionales de desarrollo de capacidades para la evaluación nacional (NECD) muestran límites evidentes. Esta conversación no es nueva. Pero urge actualizarla con una mirada crítica, sistémica, contextualizada… y también creativa.
Aquí entra en escena TRIZ (Altshuller, 1996).
🔍 Nudo – Cinco retos estructurales que siguen sin resolverse
Del individuo a la institución: la desconexión persistente La mayoría de las iniciativas siguen enfocadas en capacitar personas, pero sin transformar instituciones. Cuando los técnicos rotan, las capacidades se esfuman (Goldman et al., 2018).
Blended learning ≠ learning blended No basta con mezclar talleres presenciales y online. Se necesita pedagogía: ¿qué se combina, cómo se aplica, cómo se convierte en aprendizaje duradero? (Rosenberg & Donaldson, 2020).
Oferta sin demanda: el vacío político Más cursos ≠ más evaluación. Si la demanda institucional y política es débil, la evaluación se queda en trámite sin impacto (Holvoet & Renard, 2007).
Aislamiento institucional: alianzas frágiles y roles difusos Faltan marcos de gobernanza que articulen oficinas públicas, parlamentos, universidades y sociedad civil. Sin coordinación, no hay sostenibilidad (Estrella & Gaventa, 1998).
Diagnóstico sin ruta: brújulas que no orientan Existen diagnósticos y mapas de actores, pero pocas veces se traducen en hojas de ruta claras y ejecutables (Baser & Morgan, 2008).
Todos hemos leído, escuchado o sufrido alguna de estas frases:
“Cambia tu vida en 7 pasos.”
“El secreto está en ti.”
“Todo problema es una oportunidad.”
Frases que funcionan igual para abrir un taller de coaching que para cerrar un power point de Naciones Unidas. Una ironía de nuestro tiempo: la autoayuda y la cooperación internacional, tan distintas en apariencia, hablan a veces el mismo idioma.
1. Autoayuda: la gran industria del yo
La autoayuda no es un género menor de librería; es un mercado global que en 2024 superaba los 48.400 millones de dólares y que apunta a los 67.000 millones en 2030 (Grand View Research, 2024). En EE. UU. ya factura más que el cine independiente: 13.400 millones de dólares anuales (Market Data Forecast, 2024).
Sus mecanismos de seducción son casi literarios:
Promesa universal: todo es posible, siempre que quieras lo suficiente.
Lenguaje imperativo: haz, cree, libérate. Una mezcla de sargento y gurú.
Ejemplo banal con moraleja épica: alguien dejó de morderse las uñas y descubrió el sentido de la vida.
Libros como Atomic Habits de James Clear (2018) muestran la fórmula en su versión más sofisticada: microcambios, ejemplos cotidianos y sensación de control inmediato. Eva Illouz (2008), en cambio, recordó que la autoayuda es también un dispositivo cultural que convierte problemas sociales en dramas psicológicos: el desempleo como “bloqueo”, la precariedad como “falta de actitud”.
Funciona porque ofrece lo que la época pide: claridad, emoción y mapas sencillos para navegar el caos.
2. Cooperación: la industria de la esperanza colectiva
La cooperación internacional no se vende en librerías, pero comparte la misma lógica narrativa. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (2000–2015) fueron el equivalente global a un best seller motivacional: una lista de metas claras, fáciles de recordar y cargadas de promesa.
Y lo cierto es que funcionó: la pobreza extrema cayó de 1.900 millones de personas en 1990 a 836 millones en 2015 (United Nations, 2015). Se salvaron al menos 21 millones de vidas en salud y educación (McArthur & Rasmussen, 2017).
Cada generación literaria ha sospechado de sus propias herramientas. La imprenta amenazó el aura del manuscrito, la máquina de escribir fue tachada de fría, y el hipertexto digital parecía un laberinto ilegible. Hoy, la inteligencia artificial ocupa ese lugar: ¿escribir con algoritmos es un fraude o una extensión legítima de la imaginación?
Los estudios recientes ofrecen una respuesta provocadora. Doshi y Hauser (2024) mostraron que la IA incrementa la creatividad individual, aunque tiende a homogeneizar el conjunto de resultados. En paralelo, Porter y Machery (2024) comprobaron que lectores no expertos fueron incapaces de distinguir poemas humanos de poemas generados por IA y, en muchos casos, prefirieron los segundos. El dilema, por tanto, no es si la IA puede producir literatura, sino qué lugar damos a esas producciones dentro de la ecología literaria.
¿Y si, para entender cómo mejorar los sistemas de evaluación, nos atreviéramos primero a imaginar cómo empeorarlos?
En consonancia con nuestra serie NECD, esta es la provocación que inspira el panel que presentaremos en ReLAC 2025, y que se titula:
👉 “¿Qué podemos hacer (o seguir haciendo) para que los sistemas de evaluación no funcionen nunca?”
No se trata de un ejercicio de cinismo. Se trata de un experimento crítico de aprendizaje. Utilizamos el enfoque TRIZ (Teoría para Resolver Problemas de Invención) —originalmente desarrollado por Genrich Altshuller (1996)— como una metodología para pensar al revés y, desde ahí, desatar reflexiones que rara vez tienen espacio en los discursos institucionales sobre evaluación.
Inspirados en las Estructuras Liberadoras (Lipmanowicz & McCandless, 2013), proponemos un giro irónico y serio a la vez: identificar prácticas, patrones y decisiones que garantizan que nuestros sistemas de evaluación fallen. Porque si podemos nombrarlos, podemos detenerlos. Y, tal vez, transformarlos.
Este post esta dentro de la serie «Repensar la ayuda». En su 80.º aniversario, la ONU no se limita a celebrar. Se embarca en una transformación institucional de gran envergadura. Lanza UN80, una reforma orientada a reducir burocracia, revisar mandatos, fortalecer coherencia y avanzar hacia una arquitectura organizacional más eficiente y adaptada a los desafíos globales.
Desde un enfoque de evaluación con intención transformadora, surge una oportunidad única: explorar cómo la evaluación puede contribuir activamente a maximizar el impacto y la sostenibilidad de esta reforma.
2. ¿Qué es UN80 y por qué importa?
UN80 es una iniciativa del Secretario General António Guterres, lanzada el 12 de marzo de 2025, centrada en tres grandes líneas: eficiencia interna, revisión de mandatos y reestructuración organizacional (Stimson Center, 2025).
En toda organización coexisten dos tribus. Una dice “aquí no se falla” (y falla en silencio). La otra dice “fallamos rápido y con propósito” (y aprende a la vista). La diferencia no es genética; es sistémica: cultura, métodos, estructura y normas que convierten cada tropiezo y cada acierto en progreso compartido.
1) Nombra bien el fallo (o castigarás la innovación)
No todos los errores son iguales: básicos/evitables, complejos/inevitables y “inteligentes” (exploración en terreno nuevo). A los primeros se les diseña fuera, a los segundos se les amortigua y a los terceros se les busca porque abren camino (Edmondson, 2011; Edmondson, 2023; Rodriguez-Ariza, 2018a–2018c).
2) Sin seguridad psicológica, el aprendizaje se autoexilia
Si decir “metí la pata” sale caro, el sistema lo paga doble más adelante. La evidencia reciente vincula la seguridad psicológica con mejores resultados de seguridad clínica y calidad asistencial (Montgomery et al., 2025) y, en empresa, con mayor desempeño y retención (Boston Consulting Group, 2024). UNICEF está impulsando esta agenda en cultura organizacional y estrategia con foco en aprendizaje adaptativo y corrección de rumbo (UNICEF, 2025a; 2025b; 2025d), además de un playbook práctico para conversaciones que refuercen inclusión y seguridad psicológica (UNICEF, 2025c). Sobre la psicología que nos dificulta reconocer errores, ver la disonancia cognitiva (Rodriguez-Ariza, 2018d).
Cómo los errores no solo se perdonan, sino se convierten en tu armadura de innovación
Imagina que acabas de derramar café sobre un informe clave antes de enviarlo. Te mueres de vergüenza, pero… boom, justo ahí se enciende una chispa. Ese pequeño desastre, ese “error sexy”, podría ser el comienzo de algo genial.
1. Dile adiós al error-lineal: no vale solo reportarlo, hay que sabotearlo con humor…
En “Aprendiendo de los errores”, Basados en Amy Edmondson nos lanzamos el primer disparo certero: el error no es un “informe de autopsia”, sino una oportunidad para recalcular y reinventar. Si solo recapacitas superficialmente, estás viendo el error como una mancha en tu historial, no como un trampolín de innovación.
El error simple, ese por descuido o rutina, pide reintegrar atención y revisar procesos.
El error complejo, sin previo aviso por múltiples causas, es una escuela de sabiduría forzada.
El error inteligente, ese del que aprendes al experimentar, es tu brújula hacia lo disruptivo.
Hace unos meses, un amigo me confesó que jamás había leído un informe de la ONU. “No es que no me importe el mundo —me dijo—, pero cada vez que intento abrir uno, parece que me estén hablando en otro idioma”. Esa misma semana descubrí un dato que lo resume todo: un vídeo promedio de TikTok consigue más vistas en una hora que la mayoría de los informes de la ONU en todo un año (United Nations, 2025).
La ONU produce más de 1 100 informes anuales, revisados por decenas de departamentos y aprobados por casi 200 países. Sin embargo, un informe reciente reveló que el 20 % de estos documentos recibe menos de 1 000 descargas al año y solo un 5 % supera las 5 500 descargas (Reuters, 2025). Y ojo: descargar no significa leer.
¿Por qué ocurre esto? No es un problema de inteligencia, sino de comunicación. Investigaciones en comunicación científica muestran que el exceso de tecnicismos y la falta de narrativa disminuyen drásticamente la comprensión y el interés (Science Communication Journal, 2023; Public Understanding of Science, 2022). A esto se suma el “Efecto Comité”: textos escritos por decenas de autores y revisores que terminan sonando diplomáticos… y aburridos.